Abre los ojos

 

Pablo: Vida perfecta…pero algo falla

Pablo trabaja en una gran multinacional donde tiene un puesto estupendo que le proporciona un salario generosamente superior al salario medio de su país. Pablo tiene treinta y pico años, su mujer está orgullosa de él y sus amigos le admiran. Hasta su suegra está encantada con Pablo. ¿Pero qué pasa? Que Pablo nota que algo no está bien.

Pablo tiene la manía de pensar en el futuro y, cuando así lo hace, se siente un esclavo. No ve una vía de escape. Se imagina con cincuenta y pico teniendo que trabajar en el mismo sitio para poder mantener su vida. A Pablo no le molesta trabajar, lo que le molesta es tener que trabajar. Le gusta su trabajo y trata de hacerlo lo mejor posible. Hoy trabaja porque quiere y porque le gusta, pero se da cuenta de que, en realidad, no tiene elección. Si no le gustara trabajar, mañana se tendría que levantar otra vez, cansado o no, e ir a trabajar. Pasado mañana se tendría otra vez que levantar, aunque los niños hubieran estado con fiebre toda la noche, e ir a trabajar. Y al día siguiente también.

“¿Me va a seguir gustando esto siempre? Si dentro de 5 años ya no me gusta mi trabajo, me lo voy a comer igual… ¡Pero si soy un esclavo! ¿Para qué trabajo? ¿Para tener un coche más pintón y ropa más elegante? ¿Habrá otra manera? ¿Voy a quedarme esclavizado de por vida? Joder, no conozco a casi nadie que con cincuenta y pico le encante su trabajo…Yo no tengo ningún plan ni nada, simplemente vivo bien hoy. Cuando tenga cincuenta y pico, ¿por quedarme ahora cómodo y conformarme con yo vivo bien sin pensar en nada más, ¡¿voy a tener que estar todavía atado otros quince años hasta poder jubilarme?! Joder que mierda”, piensa Pablo. Esta mezcolanza de sentimientos es lo que hace a Pablo notar que algo no está bien.

Inés: En la flor de la vida, no quiere que se  marchite

La carrera le ha gustado y eso. Lleva un par de añitos en un trabajo que le gusta, pero que tampoco le apasiona. Inés no acaba de estar a gusto. Siente que puede hacer más. Tiene solo veinticinco años y siente que se le va muriendo el alma poquito a poquito a base de ir todos los días a un trabajo que no está mal. ¿Cómo, a un trabajo que no está mal? Sí, sí. Si el trabajo está bien, pero es que no le llena. Siente que cada día que va se auto engaña un poquito más: “Bueno, no está mal, no me puedo quejar”. Cada día que vuelve al trabajo queda un poquito más enterrado ese sentimiento que tanto ardía nada más terminar la carrera. Cada día hay un poquito menos de querer hacer algo relevante en la vida y un poquito más de “bueno, esto es lo que hay, la verdad es que no me puedo quejar”. Cada día está más cómoda con ese darse por satisfecha con lo que hay y no querer o no atreverse a mirar más allá; a ir más allá. Pero la espinita sigue ahí. Por mucho que se acostumbre a su día a día, sigue habiendo algo que no cuadra. “¿Tendré que rendirme y simplemente darme por contenta con lo que tengo? Si no hago nada nunca, ¿me daré cuenta cuando de repente tenga cuarenta y pico de que no he hecho nada en mi vida? ¿De verdad tengo que simplemente seguir las instrucciones y ser una buena oveja en el rebaño hasta que me muera?…joder que deprimente”.

 

Mariano: Cansado, le ha visto las orejas al lobo

Con cuarenta y largos, Mariano ya tiene varios amigos casi jubilados, recién jubilados, deseando jubilarse o acojonados por jubilarse. Se da cuenta de que la mayoría lo dejan todo en manos de quien él siente que no es un pagador fiable a futuro: el Estado (hablaremos de esto en otro artículo que estamos preparando…tiene miga el tema). Nota como casi todos desean la jubilación porque no aguantan sus trabajos. Fueron siempre esclavos de ellos y nunca se plantearon otra alternativa. Hoy, sintiendo que ya es demasiado tarde, se dejan en manos del destino y desean una jubilación que a la vez les da miedo. ¿Han basado tanto su felicidad en su realización profesional que temen perder su identidad cuando se jubilen (otro tema con miga: realización personal y trabajo…también le estamos dando vueltas y hablaremos pronto de ello)? ¿Tienen miedo de llevar una jubilación miserable por culpa de una pensión miserable? Mariano tiene la impresión de que es un poco de todo. “Yo no quiero eso”, piensa. La idea le carcome por dentro; es más, lleva años martirizándole. Lleva años sintiendo, sin atreverse a sentirlo, que podría haber tomado otro camino. Y lo peor es que eso ya no es lo peor. Lo peor es que cada día que pasa gana fuerza la creencia de que ya es tarde para tomar otro camino. Eso es lo peor. Eso es lo que le crea una angustia que, consciente o inconscientemente, está siempre presente, desde que se levanta hasta que se acuesta.

 

Santiago: Cuarenta y dos años, jubilado

Un tío normal. Así es Santiago y así lo aparenta. Lo único que le hace distinto es esa aura de paz interior. Santiago no se mete en un atasco todos los días para ir a un trabajo. No tiene estrés porque ha conseguido transformar el lunes en domingo. También lo ha conseguido con el martes, el miércoles, el jueves y el viernes. Santiago vive en Madrid.

Pablo, Inés y Mariano también viven en Madrid. De hecho, son vecinos y a veces se cruzan en el supermercado. Se conocen de esquivarse para coger lechugas. Alguna vez se dicen hola y  se preguntan que qué tal. “Bien. Todo bien”, suele ser la respuesta. Hoy están los tres enfermos y no han podido ir al trabajo. Han aprovechado para ir a hacer la compra porque cuando vas un martes a las 11 de la mañana está todo bastante vacío. Siempre que hacen esto, siempre que van a cualquier sitio a horas de trabajo les pasa lo mismo: ven gente andoteando por ahí y piensan “¿Qué hace esta gente aquí?, ¿No trabajarán?”. Este martes no era menos. Se encontraban los tres en la misma caja, casualidades de la vida, uno detrás del otro. Estando absortos en sus angustias, como tantos otros días, alguien que se puso detrás de ellos en la fila dijo alegremente:

—¡Hola, Pablo!

Pablo, que estaba el primero de la fila, salió de su trance para ver a Santiago, un antiguo compañero de universidad algo mayor que él, al que hacía años que no veía. Mariano e Inés, que estaban entre los dos se fijaron en Santiago. Aparentaba unos 40 años y no iba vestido para ir a una oficina. “Joder, parece que haya bajado de su casa a comprar un cartón de leche fresquita para prepararse un tazón de cereales de media mañana. ¿De qué trabajará este tío?” Se preguntaron Mariano e Inés… “¿Trabajará?”

Santiago no trabaja. Se lo cuenta a Pablo mientras Inés y Mariano escuchan. Santiago habla de un blog que lleva tiempo leyendo y que le ha cambiado la vida. De hecho, gracias a las ideas más básicas que sacó de ese blog, está hoy donde está. Pablo no sabe qué responder cuando ve que Santiago, que había sido simplemente otro estudiante más y que nunca había destacado especialmente, ha dejado de trabajar con cuarenta y dos años. Mariano piensa otra cosa: “Pero qué hijoputa, ¡Este tío se ha jubilado con cuarenta y dos años!”. Inés se enamora de la idea: “¡Eso es lo que voy a hacer yo!”

Al ver la cara de Pablo, Santiago comprende su apabullamiento y le cuenta que él no es nada especial. Quiere darle esperanzas y por eso se abre con él y le cuenta más de su historia:

—Desde que acabé la carrera—comenzó Santiago—, tenía algo dentro de mí que me incomodaba, pero no alcanzaba a saber qué era. Era una sensación que vivía siempre conmigo y que no me gustaba. Me pasaba horas y horas pensando en esto: cuando me metía en la cama, en el gimnasio, en el coche de camino al trabajo, en el mismo trabajo…

Desde luego, Pablo, Mariano e Inés entendían esto perfectamente… ¡¿Pero cómo ha hecho este cabrón para salir?!

Sigue leyendo en nuestro siguiente artículo

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